Para muchos, la palabra «juguete» pertenece exclusivamente a las infancias. Un objeto que vive en el piso, que se usa, se gasta, se pierde, se hereda. Sin embargo, hay una categoría que desafía este imaginario colectivo. Nos referimos a piezas que parecen juguetes, con su misma escala y materiales, pero sin estar pensadas necesariamente para jugar. Bienvenidos al mundo de los art toys.
¿Qué es un art toy?
Cuando este fenómeno comenzó a estudiarse, no había consenso sobre cómo nombrarlo. Se los llamó designer toys, urban vinyl, designer vinyl, boutique toys, vinyl toys o incluso juguetes de autor. Hoy, sin embargo, el término que se impuso globalmente es art toys. En su tesis de maestría en Artes Visuales, la mexicana Elva Ameyali Magaña Moreno sostiene que todas estas denominaciones refieren a juguetes creados o intervenidos por artistas, diseñadores y también autodidactas, con bases que van desde la ilustración y el cómic hasta la moda y el graffiti.
La gran diferencia entre un juguete tradicional y un art toy está en su función. El juguete clásico suele estar pensado para el uso lúdico infantil. El segundo, en cambio, apunta a la exhibición, la contemplación y el coleccionismo por parte de adultos.
Woodrow Phoenix, en una crónica sobre juguetes japoneses y su impacto global, definió a los art toys como un movimiento que «combina arte, diseño gráfico y juguetes para crear elementos originales que provienen de una sensibilidad personal», y no como resultado de la comercialización de películas, cómics, videojuegos o programas de televisión. También señala que «suelen estar hechos para ser exhibidos, no para ser jugados».
Muchas personas se vinculan con estos objetos desde lo emocional. Algunos coleccionistas los compran por nostalgia, otros por afinidad con un artista, otros porque encuentran en esas figuras una extensión de su identidad, de su humor, de sus obsesiones o de su manera de habitar un espacio. Pero también hay piezas que, detrás de su apariencia lúdica o incluso tierna, pueden plantear una crítica social al hablar del consumo, violencia, desigualdad, crisis ambiental o las tensiones de la vida contemporánea desde su propio lenguaje visual.
Orígenes: De la figura japonesa al diseño coleccionable

El origen de los art toys se remonta al Japón de la década de 1960, específicamente de la mano de los juguetes de vinilo blando conocidos como sofubi (soft vinyl). Inicialmente, estas figuras representaban a criaturas de la cultura popular como Godzilla, Gamera o Ultraman. Los sofubis se caracterizan por sus colores estridentes y combinaciones cromáticas inusuales, una estética que sentó las bases para el movimiento actual.
Con el tiempo, el género se expandió hacia la animación y, eventualmente, hacia la creación por parte de artistas. Fue en el seno del Street Art donde estos juguetes terminaron de despegar, fusionando el diseño gráfico, la ilustración, el cómic y el graffiti en un objeto tangible.

Entre los más conocidos aparecen los Bearbrick, figuras con forma de oso producidas en múltiples escalas y colaboraciones; los Qee, coleccionables creados en 2001 por Toy2R; los Dunny, de Kidrobot, con orejas largas y cuerpo redondeado; y los Labbit, los conejos de Frank Kozik que sostienen un cigarrillo con la boca. Es imposible pasar por alto a KAWS, personaje creado por el artista Brian Donnelly, que llevó el lenguaje del art toy y la figura coleccionable a un nivel de reconocimiento global.
Pero… ¿en qué reside el valor de estos juguetes de colección? Primero, en la autoría: quién lo hizo, cuál es su trayectoria, qué comunidad sigue su trabajo. Segundo, por la edición limitada: muchas piezas se producen en tiradas pequeñas, numeradas o incluso únicas. Tercero, por la calidad del diseño y la producción: materiales, terminaciones, empaque, pintura, peso, textura. Cuarto, por el deseo de pertenencia: coleccionar es formar parte de una comunidad que reconoce rarezas y referencias.
Los investigadores Ricardo Victoria-Uribe y Miguel Ángel Rubio-Toledo plantean que el art toy es un objeto capaz de generar identidad en quien lo posee o en el grupo donde circula. También señalan una contradicción: busca ser único, pero muchas veces se vende como producto en serie. Esa tensión es parte de su atractivo. Lejos de ser una pieza industrial cualquiera, se convierte en una visión de autor multiplicada.
Una forma de convivir con el arte

Los juguetes de diseñador corren al arte de sus formatos más tradicionales y abren una serie de preguntas: qué entendemos por arte y por qué todavía tendemos a separar lo «serio» de lo lúdico. Estas piezas pueden habitar una repisa, una biblioteca, un escritorio o cualquier otro rincón de la casa, al mismo tiempo que pueden decir mucho sobre quiénes somos, qué admiramos, qué nos conmueve o incluso qué nos interpela.
En definitiva, los art toys proponen otra forma de acercarse al arte más cotidiana y más accesible. Para algunos pueden ser el comienzo de una colección, para otros, una manera de descubrir nuevas imágenes, artistas y lenguajes. Pero, sobre todo, son una invitación a entender que el arte también puede entrar en casa con forma de juguete.











