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Eduardo Hoffmann: la mente detrás de una búsqueda sin fin

Con más de 9600 obras y una trayectoria reconocida internacionalmente, el artista mendocino nos cuenta sobre sus proyectos más recientes e invita a profundizar en el universo de un creativo que no para de bajar ideas.

Hay artistas que, al alcanzar el reconocimiento internacional, deciden sentarse a contemplar el camino recorrido. Eduardo Hoffmann no es uno de ellos.

Nacido en Mendoza, formado bajo la mirada de Zdravko Dučmelić y discípulo de Julio Le Parc en París, Hoffmann vive en Buenos Aires desde los 20 años. A sus casi 70 años, con más de 9600 obras que han pasado por galerías, ferias y colecciones de todo el mundo, el artista asegura que su motor sigue siendo una insaciable sed de búsqueda, de salir de la zona de confort. 

El pretexto de nuestra charla era conocer sus incursiones más recientes: Octopus Garden, un proyecto de relieve textil e indumentaria, y su fascinante serie de autos esculpidos en 3D y aluminio. Sin embargo, charlar con Eduardo es como pararse frente a uno de sus lienzos, donde hay capas, texturas e historias que se superponen. Con una vitalidad que desafía el paso del tiempo, Hoffmann se define hoy como un «laboratorio vivo». 

«Siento, a esta edad, que estoy en la flor de la vida. Ya lo venía sintiendo. ¿Por qué? Porque no he llegado a ninguna perfección, pero siento que mi creatividad está más clara y más libre», confiesa. En su nuevo estudio, ubicado en el Palacio Ortiz Basualdo y junto a un equipo de diez personas, Eduardo sigue explorando su «noble concubina», la pintura. Pero eso no es todo: también escribe, diseña y experimenta con la inteligencia artificial, siempre reacio a la comodidad que le asegura la repetición. 

¿Cómo surgió la propuesta de Octopus Garden, tu proyecto de relieve textil? ¿Qué te interesó de este como territorio para intervenir?

Todo lo que hago en mi estudio está contextualizado, relacionado con algo más. A veces, una obra retoma los colores de otra; otras veces, surge de una influencia que viene de una disciplina lateral. Es como un eslabón que viene de… Lo que detesto es la consanguinidad, el gemelo. Detesto eso en el arte: hacer gemelos, hacer mellizos. 

Cuando vienen a buscar una pintura de Hoffmann a mi estudio, ese Hoffmann ya casi te diría que no está. Entonces se quedan como aprendiendo un nuevo idioma. Como a mí me costó un tiempo de maduración, de desarrollo, llegar a estas nuevas disciplinas —o tendencias o lo que sea— dentro de mi propio estudio, no puedo pretender que alguien que recién llega lo comprenda, lo asimile, lo disfrute. Pero me llevo mi sorpresa: muchas veces la gente dispara lateralmente a un montón de cosas que yo no tuve en cuenta. 

¿Y los autos? 

Siempre me gustó el diseño de autos y siempre dibujé autos. Lo que no había pensado es que esos autos, a través de la impresión 3D, se pueden materializar. Después los hago vaciados en aluminio y los pinto, y se empieza a crear así una especie nueva de autos. Yo, si le pregunto a la inteligencia artificial: «¿Qué diseño es este?», me dice: «No lo reconozco como diseño ni como marca, pero tiene reminiscencias de Bugatti, de cualquier Porsche», pero no tiene reconocimiento de marca. Eso me parece fascinante, porque es como pedirle a Picasso que no se pareciera, al comienzo, a Lautrec, o que no tuviera influencia de Matisse. Picasso justamente decía eso: «Prefiero copiar a los demás, que a mí mismo». 

Cuando vienen a buscar una pintura de Hoffmann a mi estudio, ese Hoffmann ya casi te diría que no está. Entonces se quedan como aprendiendo un nuevo idioma.

Eso es lo que pasa con el artista: a mi edad los artistas han establecido ya una marca, una marca que nos distingue y sobre la cual reinciden. Muchos otros encuentran una fórmula y le van por ahí. Pero esos atajos terminan siendo larguísimos, no terminan más. Yo prefiero esos caminos un poquito más complejos, que a veces son los más directos hacia eso que uno ha intentado todo el tiempo.

¿Sentís que en estos soportes aparece algo distinto a lo que surge cuando pintás sobre tela, tu «gran concubina»?

Yo quiero que cada uno comporte su revelación personal. Una vez me mandaron un capot de Porsche y yo tenía que intervenirlo. Me parecía demasiada ingenuidad que yo pintara sobre un capot: yo pinto sobre tela. Pero tenía que descifrar qué era lo que ese soporte me inspiraba, entender que no podía a someterlo a mi antojo, sino que había que trabajar junto con el material, la materia, la historia de Porsche. 

Pero tenía que descifrar qué era lo que ese soporte me inspiraba, entender que no podía a someterlo a mi antojo, sino que había que trabajar junto con el material, la materia, la historia…

Todo eso me ayudó a entender que Van Gogh, por ejemplo, fue un paladín del esfuerzo y la dedicación. Se nutrió de artistas como Millet y Daumier, pero nunca buscó copiar sus obras, sino reelaborar la obra desde su propia sensibilidad y su propio gesto. Y eso me parece muchísimo más valorable: reconocerse ahí. Porque, si no, es traicionarse por comodidad, alejarnos de lo que verdaderamente somos (que es una evolución permanente, en todo sentido: del cuerpo, de la mente, de todo). 

Lo bueno es que yo soy un laboratorio vivo. Yo era un estúpido cuando era joven, tenía un montón de tics, de vicios, de prejuicios; un montón de cosas que, con los años, uno va sacándoselas de encima y empieza a reconocerse. Empezás a creer en esa caligrafía propia, que es tuya y única, y la tenés que sostener: dejar de traicionarte por comodidad. Estoy siempre en contra de la comodidad: el arte y el amor son incómodos.

¿Cómo alimentás esa creatividad, esa curiosidad y vencés la tentación de crear «gemelos» o repetir una fórmula?

Y tal vez ese sea el punto: no sentir que uno ha llegado. Yo siento que estoy llegando, siempre, pero no siento que haya llegado definitivamente. El artista que se vuelve recurrente, que hace las mismas obras y se lame a sí mismo, siente que ha llegado. Yo siento algo mejor: no estoy llegando… 

Estoy siempre en contra de la comodidad: el arte y el amor son incómodos.

Entonces, después de tantos caminos, errores, entusiasmos, renuncias, placeres, decisiones, pérdidas… Empiezo a reconocer con bastante precisión hacia dónde quiero seguir. Y es como todo: es como un deportista que hoy hace un largo, mañana dos y después hace mil metros y después, un día, te nada el Canal de la Mancha. ¿Y cómo hiciste? Y, bueno, como decía Hermann Hesse: «Un paso es el comienzo de diez mil leguas». 

Mencionaste la Inteligencia Artificial. ¿Entra en tus procesos? 

¡Muchísimo! Sería un necio si no la dejara entrar. No sabemos si un día se va a manejar a sí misma y va a ser un desastre, no sabemos de qué va a ser capaz. Pero desertar, en este momento, es de necios. 

La uso todo el tiempo. Saco fotos a mi propia obra, le pido que genere otro color, otra combinación, le pido que haga una variedad. Un poco lo que hacía Monet cuando pintaba, o Fader: pintaba el amanecer, el atardecer, y era el mismo cuadro y veía las diferentes luces, cómo iban cambiando. 

En realidad, una obra está finalizada cuando deja de pedir; si la obra te sigue pidiendo cosas es porque todavía no está completa. Y si te pide, podés recurrir a la inteligencia artificial. Quevedo decía que las cosas están en el aire y lo que uno hace es bajarlas. En el arte, el fin justifica los medios.

¿En qué estás trabajando actualmente?

Tengo una amistad ancestral con Javierito Segura, casi siempre hablamos una o dos veces por semana. Él me contó que estaba escribiendo un guion para cine. Entonces le mandé un pequeño relato escrito por mí que recuperé de un amigo en común, a lo que me dijo: «Tenés que empezar a bajar todos los relatos».  

Una obra está finalizada cuando deja de pedir; si la obra te sigue pidiendo cosas es porque todavía no está completa.

Entonces, ¿qué estoy haciendo? Hace semanas que estoy escribiendo, porque tengo todas estas historias… Pero, como la prioridad es el trabajo, la plástica, la pintura, nunca me doy el tiempo para reconciliarme con la escritura, que es una maravilla. Además, en el estudio somos diez, cada uno está haciendo una tarea y yo estoy ahí, como un director de orquesta. Si suena desafinado, es mi culpa.

Siempre estoy intentando hacer algo que me cautive. Nunca lo tomo de taquito: todo lo hago con la misma pasión. ¿Qué va a ser de mí si no siento esa pasión, esa intensidad en lo que estoy haciendo? Ayer estaba escribiendo sobre una historia y me reía solo en mi oficina, y entonces decía: «Qué maravilla el personaje que está apareciendo». También pasa con la pintura: sí, la pintura… yo le veo la oreja, le veo todo el cuerpo. Como decía Da Vinci: «He visto librarse las mejores batallas en las manchas húmedas de mi habitación». 

Para cerrar, después de tanto camino, ¿hay algún sueño que te siga ilusionando alcanzar?

La arquitectura es una asignatura pendiente. Tengo 40 diseños de arquitectura; por supuesto, no soy arquitecto —tampoco lo era Wright, ni Tadao Ando, ni Le Corbusier; sin embargo, son eslabones en la historia de la arquitectura—. Es una asignatura pendiente. Yo estoy un poco resentido, porque tengo diseños de arquitectura que, para mí, son delirantes… Sí, pueden ser delirios, pero la arquitectura de hoy en día es delirio. Sería una pena que yo me fuera de esta vida sin haber hecho un proyecto de arquitectura, no solamente para mí, sino para todos, porque son ideas con un amor a la tierra, un amor a la arquitectura…

El arte de no llegar nunca

La conversación termina, pero la lista de proyectos de Eduardo Hoffmann parece no tener fin. Quizá se deba a que, para él, el arte es una sucesión infinita de puntos de partida. En esa búsqueda, donde la arquitectura aparece como un territorio aún por conquistar y la palabra escrita cobra vida propia, Eduardo recuerda que la verdadera vitalidad radica en la convicción de que siempre hay una nueva versión de uno mismo por alcanzar, que todavía no ha llegado. 

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