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Registro #006: Julieta Ravida – Organicismo

En su casa-taller, rodeada de plantas, metales y criaturas en proceso, Julieta Ravida transforma alpaca, cobre y bronce en joyería escultórica, donde la naturaleza y el error creativo marcan el camino.

Bienvenidos una vez más a Registro, el ciclo de INMendoza dedicado a adentrarse en el taller de un artista para conocerlo en profundidad. Un espacio pensado para hablar de eso que no siempre se ve: lo que inspira, lo que obsesiona, los rituales y los objetos cotidianos que forman parte de la creación, el universo que rodea a la obra. Hoy cruzamos la puerta de la casa-taller de Julieta Ravida, una artista que desafía las reglas de la joyería tradicional para crear esculturas portables donde la naturaleza, el volumen y la espontaneidad son los verdaderos protagonistas.

El ecosistema de un taller vivo

Entrar a la casa de Julieta Ravida es sumergirse en un mundo propio. Hay verde por todas partes: las plantas respiran en cada rincón, trepan y acompañan. El arte también está presente en todo momento, ya que a donde se mire hay cuadros, esculturas de diferentes tamaños y hasta objetos (como un pequeño sapito que pertenecía a un juego de embocar) que decoran de manera única. 

Tras atravesar una galería, llegamos finalmente al espacio donde nace la obra que nos trae a esta edición de Registro: el taller. Acá adentro, rodeada de materiales, herramientas y creaciones propias que invaden el lugar, Julieta da vida a su obra. Estas paredes la ven martillar, doblar, fundir y transformar la alpaca, el cobre y el bronce tanto en joyería como en pequeñas esculturas de colibríes, escarabajos, abejas y libélulas. No usa esmaltes para dar color, prefiere que el metal crudo hable por sí mismo. En ocasiones suma piedras de diferentes colores para darle personalidad a sus criaturas, utilizándolas como ojos o en pequeños detalles.

La naturaleza como norte

Lo primero que le pregunto a Juli es cómo definiría su propio universo. Su respuesta es tan orgánica como el entorno que la rodea: «Mi universo es la naturaleza», dispara sin dudar. Me cuenta que inició con orfebrería egipcia y que hoy concibe sus piezas como algo que va más allá de lo ornamental. Sin embargo, no se limita solo a crear joyería. «Mis piezas han ido mutando y ahora estoy haciendo mini esculturitas», explica, mientras sostiene una de las que llama sus «criaturas del jardín».

Julieta es magnética por su honestidad. Se confiesa ansiosa, desprolija y, curiosamente, es en esa supuesta falta de control donde reside el sello inconfundible de su obra. En el mundo del arte, el boceto es la red de contención para muchos, pero Julieta no forma parte de ese grupo: su proceso creativo es un choque directo entre su imaginación y el metal frío.

«Soy terrible para dibujar, pero terrible», confiesa. «Entonces, mi forma es arrancar de una idea e irme directamente a la chapa. Y ahí voy viendo lo que va a salir». Esa necesidad de ver el volumen materializarse de inmediato, de descubrir qué pieza va a nacer cada vez que se sienta frente a la mesa de trabajo, delata su urgencia creativa. Es la adrenalina de componer sobre la marcha.

«Soy muy desprolija, entonces exploto eso», afirma con total seguridad. Le pregunto si considera que esa supuesta imperfección es el núcleo de su obra. Asiente y lo decreta: «Totalmente, sí. Creo que la imperfección es parte de mi obra». En ese rasgo irregular, en la asimetría de un ala o en la textura rústica del bronce batido, respira la identidad de Ravida, donde cada pieza es única.

La dualidad entre el caos y el orden

En Registro creemos que los espacios hablan por los artistas. Dentro del lugar que Julieta habita hoy, rodeada de ventanales que dan al jardín y frente al taller de su marido, el escultor Guillermo Rigattieri, la artista tiene sus propias mañas. La misma mujer que se define como desprolija en su obra esconde una faceta rígidamente estructurada al convivir con su espacio de trabajo. Su disciplina es envidiable: arranca a las nueve y media de la mañana, corta al mediodía y retoma de cuatro a ocho de la tarde, siempre con el mate de compañía.

El orden es un requisito antes de crear. «Si yo veo algo fuera de lugar no puedo empezar. Obviamente, mientras estoy trabajando es caótico. Pero termino y tengo que dejar ordenadísimo para el otro día, para poder entrar y otra vez empezar». En otras palabras, necesita el caos para crear, pero exige el orden absoluto para poder volver a empezar.

La responsabilidad de simbolizar historias

A lo largo de la charla, hay un hilo conductor que no tiene que ver con la técnica, sino con la sensibilidad: la capacidad de Julieta para materializar lo intangible. No se trata solo de crear un objeto, sino de la responsabilidad emocional que asume cuando alguien le confía un momento personal para que ella lo traduzca en metal. Esa dimensión humana de su arte la conmueve profundamente.

«Me ha pasado mucho que ante algún evento especial de alguna persona, me llaman para poder simbolizar algo ahí. Eso está bueno», relata conmovida. «Va más por el hecho de que te tengan en cuenta y te piensen para decir: Yo quiero que vos hagas esta pieza para esto. Es inexplicable».

En esa entrega hacia el otro, Julieta tomó una decisión firme: sus piezas no tienen dueño predeterminado ni moldes sociales. Sus obras (desde collares texturizados hasta sus escarabajos, sorprendentemente livianos porque son huecos) están diseñadas para ser habitadas por cualquier cuerpo. «Trato de que sea joyería sin género», explica mientras me muestra un brazalete imponente encargado recientemente por un chico.

El universo de Julieta Ravida es, finalmente, un recordatorio de que no hace falta un boceto para crear algo trascendente. Su obra se mueve entre el impulso y la imperfección, entre la chapa cruda y la emoción de quien recibe un objeto con alma propia. Sin duda, somos testigos de cómo, en ese taller lleno de vida, la joyería deja de ser un accesorio para convertirse en un puente invisible entre la artista y el mundo.

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