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Artistas que marcan el pulso: diferentes soportes para narrar la nostalgia

Cuatro miradas que intervienen distintos formatos para poner en valor la nostalgia, la memoria, la subjetividad y la experimentación.

En esta nueva entrega de «Artistas que marcan el pulso», nos adentramos en la intimidad de creadores que, desde Mendoza, están transformando la materia para darle forma al tiempo, la memoria y al territorio que habitan. 

Esta vez, nos encontramos cara a cara con Ariel Toba, Danisa Arsac, Bruce Lis y Thelma Martinelli. Ellos, a través de sus búsquedas personales, nos demuestran que el arte contemporáneo no solo se exhibe en grandes museos, sino que también se lleva en la piel, se disuelve en el paisaje y se gestiona en comunidad.

Ariel Toba: el paisaje que se disuelve entre la abstracción y el wabi-sabi

Porteño que desde 1998 vive en Mendoza, Ariel Toba vive hoy un momento bisagra en su carrera. Con más de 16 años de trayectoria, su obra no para de expandirse: viene de exponer exitosamente en Buenos Aires, acaba de ser convocado por la prestigiosa galería Praxis y se prepara para exhibir en el Museo Nacional de Arte Oriental. Sin embargo, su base de operaciones y su refugio siguen estando en nuestra provincia.  

El lenguaje visual de Toba es inconfundible. Su obra, abstracta y en un 90% monocromática, está atravesada por el wabi-sabi, el concepto estético oriental que encuentra la belleza en la imperfección y en el paso del tiempo. De hecho, su serie más reciente se llama Disolución del paisaje, un título que tomó prestado con el permiso de quien fue su gran maestro, el artista mendocino Egar Murillo.

«Me gusta mucho pensar que todo se va a disolver de una forma u otra, que todo es pasajero. Una gota tarda tiempo, pero al caer sobre la piedra, se termina disolviendo», explica. Esa fascinación por lo efímero viene desde su infancia en Buenos Aires, cuando se quedaba mirando las manchas de humedad y las paredes descascaradas e imaginando distintas deformaciones. Al crecer y no sentirse cómodo con el arte figurativo de la academia, encontró en la pintura abstracta estadounidense y en los grabados japoneses el canal perfecto de expresión.

Mientras trabaja en simultáneo sobre bastidores de distintos formatos, Ariel va gestando una nueva serie atravesada por las flores y el aire melancólico del florecimiento de los cerezos. En paralelo, el deseo de expandir su universo visual lo empuja a proyectar obras monumentales que alcancen los siete metros. Un desafío que confirma su espíritu inquieto y reafirma su necesidad de seguir desdibujando los límites de su propia pintura para llevarla cada vez más lejos.

Danisa Arsac: la memoria ancestral y la poética de la vasija

Danisa Arsac se define orgullosamente como ceramista. Su obra es el resultado de un cruce geográfico: se formó en Francia y luego se sumergió en la cerámica arqueológica de la Amazonía ecuatoriana. Ese motor creativo, que mezcla la academia europea con lo ancestral sudamericano, encontró su arraigo definitivo en Mendoza durante la pandemia. «En ese momento de tanta incertidumbre, la cerámica me contuvo de la misma forma que contiene una vasija, evitando que algo desborde», comparte.

PH Marcelo González

Ese concepto de contención se materializó en su reciente paso por Grullar Galería, donde presentó una imponente serie de vasijas escultóricas inspiradas en urnas funerarias precolombinas. En estas piezas de tonos terrosos asoman pequeños rostros humanos. Para darles vida, modela a mano con una técnica de rollitos llevada al extremo: logra apenas dos milímetros de espesor, con una técnica que emula el tejido de los cestos de junquillo de las comunidades Huarpes.

Actualmente, tras este intenso trabajo, Danisa decidió darle un respiro a las vasijas para explorar manualmente la fauna local. Se encuentra modelando una nueva serie de pequeñas figurillas de «animales de poder» que habitan nuestro territorio cuyano. Para la artista, este giro en su producción trasciende lo estético, entendiendo la creación como un homenaje y un reconocimiento directo a las especies con las que compartimos suelo. 

Mientras organiza la compleja logística para enviar algunas de sus piezas más grandes y frágiles a Buenos Aires, Danisa ya visualiza su próximo gran desafío: situar la cerámica a cielo abierto. «Me encantaría hacer esculturas o tótems para dejarlos en el paisaje mendocino: en el pedemonte, en la zona agrícola o en el desierto, y que intervengan con el entorno», proyecta entusiasmada. Una invitación poética a devolverle a la tierra un poco de la infinita belleza que nos presta.

Bruce Lis: la ilustración que muta en objeto, piel y asfalto

El nombre artístico de Lis nació del remate de un chiste, ya que necesitaba firmar sus trabajos y sentía pudor de usar su nombre real. «Alguien me dijo “Bruce Lee” y me sirvió un montón. Usar un seudónimo me despega de mi “yo humana” y me permite hacer más cosas», confiesa entre risas. Bajo esta identidad despliega un imaginario visual magnético, donde mezcla la ternura de diferentes personajes con una ironía adulta: ilustraciones de ositos llorando con una copa de vino, ovejas regalando flores o personajes retro acompañados de frases sacadas de canciones.

«La columna vertebral de mi laburo es la ilustración, y a partir de ahí empiezo a irme», explica sobre su necesidad de explorar múltiples formatos. Sus dibujos mutan constantemente, volviéndose objetos de cerámica, impresiones en tela o se impregnan en la piel a través de tatuajes. Su sensibilidad por la forma y el color no es casual, ya que Lis es diseñadora de indumentaria y trabajó años en vestuario audiovisual. Además, al ser saxofonista, su obra se inspira fuertemente en la poesía y la música, asegurando que sus ideas siempre «bajan un poco de las canciones».

Sin embargo, la creatividad a veces se estanca. Tras un reciente bloqueo en el dibujo, ingresó a una clínica de arte que la llevó a soltar el control y experimentar. Jugando con texturas de grafito, caló formas abstractas, las expuso a la luz y calcó sus sombras. «Ahora estoy haciendo esas sombras deformes en cerámica. Estoy intentando aplicar el “no juicio”, dejar ser a la mano sin pensar si le tiene que gustar a alguien», reflexiona sobre este nuevo proyecto en pleno desarrollo que, por primera vez, la aleja de lo figurativo.

Mientras busca la manera de unificar todas estas exploraciones, Bruce Lis sigue apostando a que el arte te asalte en lo cotidiano. Para ella, la validación no pasa únicamente por los espacios institucionales, sino por la sorpresa de quien sea que se encuentre con su obra. Sus pegatinas irrumpen sobre los grafitis urbanos como un recordatorio constante de su filosofía: «Me gusta el tatuaje, la pegatina… Que alguien que transita la calle se encuentre con un pequeño mensaje, sea donde sea».

Thelma Martinelli: la pintura como refugio para la nostalgia y el recuerdo

Nacida en San Carlos, Thelma estudió en la Facultad de Artes de la UNCuyo, aunque confiesa que la idea de «ser artista» no estaba en sus planes iniciales. Sin embargo, el contacto con sus pares, su paso por el equipo de producción del MMAMM y la constante asistencia a talleres y clínicas la llevaron por este camino. Nadie te enseña a ser artista. Es una postura, una decisión, y de repente es como un río que te lleva», reflexiona.

El hilo conductor de toda su producción es la nostalgia y el afecto. Su trabajo es un esfuerzo por congelar momentos, personas, objetos o paisajes que la marcaron. Esa melancolía se traduce visualmente en pinturas de naturaleza muerta donde asoman flores marchitas, vasos vacíos y pañuelos abandonados sobre una mesa; pero también en la cerámica, soporte del que ha logrado apropiarse. «Siempre digo que no soy ceramista, desconozco las técnicas. Para mí, la cerámica fue una excusa para ponerme a pintar», confiesa. Así nacieron las piezas de su reciente y exitosa primera muestra individual, El agua amaneció dolida.

Para Martinelli, la producción en el taller es tan importante como la creación de redes. «No es solo producir, es vincularte. El intercambio con la mirada del otro te abre el panorama hacia lugares que jamás imaginaste», sostiene. 

Entendiendo el arte como un hecho colectivo, Thelma está a punto de dar un paso fundamental en la gestión cultural independiente. Junto a las artistas Amira Yurie y Mariel Matoz inaugurarán muy pronto «Cristal», un nuevo espacio de arte, feria y talleres ubicado en pleno centro mendocino.

Mientras proyecta que su última muestra circule por otras provincias, Thelma ya maquina su próxima serie: instalaciones de pequeñas piezas de cerámica enfocadas en la naturaleza y sus raíces. Una nueva excusa para seguir pintando, recordando y marcando el pulso de una escena que, gracias a artistas como ella, se niega a quedarse quieta. 

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