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El color como patrimonio cultural: una mirada desde el diseño de interiores

Entre la influencia de las tendencias minimalistas y las huellas de nuestra propia historia visual, referentes del diseño mendocino proponen crear espacios que reflejen quiénes somos y el lugar que habitamos.

Hasta hace poco, el minimalismo fue el punto de referencia en el diseño “sofisticado” de interiores. Las referencias coincidían en poca cantidad de objetos sobre superficies impecables, estéticas monocromáticas y espacios despojados, legitimados por la idea de que “menos es más” y un discurso alrededor de lo que “transmite tranquilidad”. Sin embargo, visto desde Latinoamérica, todo esto puede resultar un poco ajeno. Porque si hay algo que atraviesa nuestras maneras de habitar el mundo, es el color.

Frente a esta neutralidad, que muchas veces parece desentonar con nuestra tradición visual, surge la pregunta: ¿en qué momento empezamos a tenerle miedo al color? ¿Cuándo fue que las fachadas vibrantes, los textiles saturados y la potencia de nuestra luz natural pasaron a ser considerados «demasiado»?

Perderle el miedo a lo propio

Como sugería un reciente video viral, es difícil pretender que tres objetos beige definan nuestro hogar cuando venimos de una herencia en la que cada pieza guardaba una historia llena de detalles. Ser minimalista y latino resulta, muchas veces, un desafío a la memoria colectiva, ya que la estética de lo neutro entra en tensión con una tradición visual marcada por el color. Nuestra geografía, desde los paisajes hasta los textiles artesanales, posee una carga visual imposible de ignorar. Crecimos rodeados de esa vitalidad cromática: en las colecciones de platos decorativos guardados para una ocasión especial, en los altares domésticos de la casa de la abuela o esa fachada pintada de un tono llamativo que servía de referencia para todo el barrio. En algún lugar del camino, nos convencieron de que ese entorno en el que crecimos era “demasiado”.

A pesar de esto, la tendencia actual nos invita a reconciliarnos con nuestra identidad latinoamericana. En una reciente charla que tuvimos con Luisa Yanzón, arquitecta mendocina que participó en la última Milan Design Week, nos planteó que el diseño en la actualidad ya no se centra en cómo se ve un espacio, sino en cómo nos hace sentir. Según Yanzón, emerge una necesidad de crear lugares que nos habiliten a vincularnos mejor y a habitarlos de manera consciente, revalorizando lo que nos rodea. 

Aquí es donde el color deja de ser un «exceso» para convertirse en una herramienta narrativa. En línea con esta idea, la arquitecta mendocina Agustina Lambarri destaca en uno de sus reels que la misión del diseño hoy es crear espacios innovadores que sean reconocibles y capaces de contar historias. Para ella, el color es mucho más que un recurso decorativo. Es el elemento que define la atmósfera de un espacio y que, junto con la textura, invita a experimentar, jugar e inspirarse. Lambarri advierte que lo que hoy consideramos un minimalismo «aesthetic» puede lograr ser armonioso y visualmente correcto, pero si carece de audacia y de ese contacto con lo táctil, corre el riesgo de quedarse sin alma. 

Esta búsqueda del «alma» o la esencia de un lugar encuentra parte de sus raíces en las culturas originarias. Para ellas, los pigmentos constituían un lenguaje a través del cual expresaban su cosmovisión y su vínculo con la naturaleza. El color no se aplicaba sobre los objetos: nacía de las arcillas, fibras y minerales extraídos del propio territorio. Más que una elección estética, era una forma de transmitir una manera de comprender y habitar el mundo.

Precisamente, esa es la profundidad que hoy intentamos recuperar. Hoy, el debate sobre el color propone dejar de perseguir espacios idealizados para construir ambientes que expresen la identidad de quienes los viven. Allí aparece la psicología del color, que lo destaca como una herramienta útil para entender cómo ciertos tonos estimulan o calman el ánimo. Pero su dimensión más interesante aparece cuando se cruza con la memoria: cada color adquiere el poder de conmovernos según lo que representa en nuestra vida. 

Dónde encontrar objetos para animarse al color en Mendoza

Para quienes deseen materializar esta propuesta, Ramona surge como un espacio de referencia en Mendoza. La tienda, ubicada en Av. Emilio Civit 546,  cuenta con una selección de velas en diversas tonalidades, macetas de diseño, lámparas con fuerte presencia visual y pequeños objetos escultóricos. 

Su gran valor reside en una curaduría que integra piezas de origen local con objetos provenientes de otras culturas, permitiendo que materiales, texturas y formas de distintas latitudes convivan en un mismo lugar. Así, el hogar se convierte en un espacio donde dialogan distintas referencias culturales. Cada elemento suma una capa de significado y ayuda a construir un lugar pensado para ser vivido.

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