Si ves el póster de una película sobre ovejas que resuelven un crimen, es fácil pensar que es una propuesta simpática para pasar el rato. Pero «Las ovejas detectives» (The Sheep Detectives) va por otro lado. Es una de las sorpresas del año y de hecho, es el film mejor puntuado de Hugh Jackman en toda su carrera.
Está basada en la novela de Leonie Swann y tiene guión de Craig Mazin, el mismo escritor detrás de las series Chernobyl y The Last of Us. Ese cruce ya marca un tono interesante: esto es mucho más que una simple película infantil con animales parlantes, yo la puse esperando algo livianito y terminé llorando, inevitablemente. Está buenísima.
Todo comienza con la muerte de George Glenn, el pastor de un pequeño pueblo irlandés. Lo que sigue es un murder mystery clásico pero con un giro fascinante: quienes llevan adelante la investigación son un grupo de ovejas. Ante la inoperancia de las autoridades locales, el rebaño, liderado por Lily, decide aplicar las lecciones de las novelas policiales que su pastor les leía cada noche.
Lo que comienza como una premisa cómica y ligera pronto se transforma en una meditación profunda sobre la pérdida, apoyada por un reparto cargadisimo con Jackman, Molly Gordon, Nicholas Galitzine, Nicholas Braun, Hong Chau y Emma Thompson. A eso se suma un elenco de voces estelar que incluye a Julia Louis-Dreyfus, Bryan Cranston, Patrick Stewart, Regina Hall, Bella Ramsey y Brett Goldstein, quienes otorgan a los animales mucha humanidad y peso emocional.

Lo más atractivo, sin embargo, no es el misterio en sí, sino la reflexión que lo sostiene. En el universo de la novela, las ovejas tienen la capacidad de olvidar aquello que les provoca dolor o miedo. Basta con cerrar los ojos y contar hasta tres para que el recuerdo desaparezca. Este recurso funciona como un mecanismo de defensa que ordena su mundo, pero que también lo limita.
Es una metáfora poderosa sobre nuestra propia tendencia a elegir la «felicidad» a través de la ignorancia, prefiriendo vivir en una burbuja de negación antes que enfrentar las verdades incómodas del mundo. Surge entonces el gran dilema ético de la trama: ¿debe el rebaño olvidar para seguir viviendo en paz o debe elegir el dolor del recuerdo para hacer justicia?
La respuesta parece insinuar que no hay justicia posible sin memoria. Porque cada vez que decidimos borrar aquello que nos duele, también corremos el riesgo de borrar aquello que le da sentido a quienes somos.

Mopple, el protagonista, es la excepción: insiste en recordar, incluso cuando eso significa convivir con los momentos más difíciles. A partir de allí, el relato empieza a desplazarse hacia otro registro. El policial se convierte también en una reflexión sobre el duelo, la memoria y la forma en que procesamos aquello que nos duele. Sin subrayados ni golpes bajos, la novela deja que esas preguntas emerjan de manera natural, sin abandonar nunca el clima de misterio que la impulsa.
Este tipo de guión recuerda a películas como «Babe, el chanchito valiente», donde una historia aparentemente infantil termina hablando de algo mucho más profundo sin perder su sensibilidad ni su encanto.
Es de esas películas familiares que no subestiman a nadie; no simplifica para los chicos ni se apoya en guiños para adultos. Confía en que cualquiera puede entrar en la historia y disfrutar de lo que propone.
Y cuando llega el final, la resolución del misterio pasa casi a un segundo plano. Lo que permanece es una sensación más difícil de nombrar: que recordar, incluso cuando duele, también puede ser una forma de seguir acompañando a quienes ya no están.





