«A la vista puede ser parecido a un vino blanco, pero al tomarlo tiene textura, taninos, astringencia… es un vino largo». Justamente ahí aparece una de las particularidades que hacen que el naranjo despierte tanta curiosidad: puede tener la frescura de un blanco, pero también una estructura que se acerca a la de un tinto.
Pero antes de seguir hablando de este vino milenario que ha vuelto a ponerse de moda, vale una aclaración: el naranjo no guarda relación alguna con las naranjas; no se prepara con su jugo ni con su cáscara.
Si nunca has probado uno, es bastante probable que el primer sorbo te sorprenda. Celina Bartolomé, de bodega Pielihueso, le propone al amateur algo sencillo: «Que lo haga sin prejuicios, con la mente abierta, porque tal vez no se parezca a nada ya conocido e igualmente puede generar una muy buena experiencia».
Pero entonces, si se parece a un blanco y a un tinto, ¿qué es exactamente un vino naranjo?
La forma más fácil que encontramos para explicarlo es a partir de su elaboración: es un vino hecho con uvas blancas, pero elaborado como un vino tinto.
Así lo explica Celina y aclara: «Las uvas blancas fermentan en contacto con sus pieles y esa convivencia modifica color, textura y estructura».
De Nueva York a Los Sauces: el viaje donde todo empezó
Antes de que el naranjo fuera una categoría reconocible en Argentina, Celina ni siquiera sabía que existía. Lo descubrió durante un viaje a Nueva York, cuando en un bar le ofrecieron un orange wine. Lo que encontró en aquella copa fue, sobre todo, algo que no podía comparar con nada conocido: «Es muy especial probar algo que no conocías y no te hace evocar nada similar».

Al volver, compartió el descubrimiento con su papá, Alejandro Bartolomé, y juntos empezaron a investigar sobre ese «vino nuevo». Así llegaron hasta Georgia y el Cáucaso, donde encontraron una tradición de entre 6000 y 8000 años de elaboración de vinos naranjos en vasijas de arcilla. Fascinados por ese «vino viejo» que reaparecía en bares extranjeros, decidieron producir el suyo.
La bodega Pielihueso nació en 2017 como un proyecto familiar entre Alejandro y Celina. Su finca se encuentra en Los Sauces, Tunuyán, y tiene 13 hectáreas trabajadas de manera orgánica «sin cosas raras», como reza su descripción de Instagram, donde conviven los viñedos, la bodega, la casa familiar y el restaurante La Amistad.

El primer vino que elaboraron fue, justamente, un naranjo de Torrontés. La categoría quedó tan ligada al proyecto que inspiró su nombre: Pielihueso alude a la elaboración con la piel y la semilla –el «hueso»– de la uva.
Cuando quisieron incluir la palabra «naranjo» en la etiqueta, se encontraron con que la categoría no existía oficialmente en Argentina. Decidieron entonces registrarla ante el INV y, desde ese momento, el vino naranjo pasó a tener su lugar junto al blanco, el rosado y el tinto.

Pielihueso: tres maneras de mirar al vino naranjo
La exploración siguió creciendo y hoy Pielihueso tiene distintas versiones de aquel primer naranjo. Está el Pielihueso Naranjo, ya convertido en un clásico de la bodega, y el Naranjo de Ánfora, que parte de una elaboración similar pero pasa un tiempo en cerámica. «El ánfora le da aire al vino, literal y metafóricamente», explica Celina sobre una diferencia que después se percibe en la copa.
También está el Claranjo, quizás el más curioso de la familia. Combina Torrontés con Malbec y se mueve deliberadamente en el límite entre un naranjo y un rosado. «Cada uno puede decidir si es naranjo o no, pero para mí sí», asegura.
La búsqueda de Pielihueso es clara: probar otras formas de hacer vino. No se trabaja con una receta inamovible. El corte, el tiempo de contacto con las pieles y las condiciones de cada cosecha forman parte de las decisiones que se toman año a año. Cada vendimia puede traer pequeños cambios y la intención no es que un vino salga idéntico al anterior. «Nuestros vinos están hechos por humanos, con mucho respeto y cuidado», resume Bartolomé.
Versatilidad, de la copa a la mesa
Que el vino naranjo haya encontrado rápidamente su lugar en restaurantes y bares no asombra cuando se piensa en su versatilidad. Su frescura, cuerpo y cierta astringencia le permiten acompañar comidas grasas o picantes y, al mismo tiempo, moverse cómodamente entre distintos perfiles de sabor presentes en una misma mesa. «Esa amplitud lo convierte en un acompañante ideal», resalta Celina.
Ese vínculo con la comida tiene hoy su propio espacio en la finca: La Amistad, el restó donde se puede probar todo el portfolio de la bodega.

Al final, quizás el naranjo no necesite demasiadas explicaciones. Sí una copa, algo de curiosidad y la disposición a dejar de lado las categorías conocidas. Porque si algo descubrieron en Pielihueso es que, a veces, lo más interesante de un vino empieza justamente cuando no se parece a nada de lo que ya conocemos.





