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¿Por qué cada vez hay menos películas en idioma original en el cine?

En Argentina, el cine subtitulado pasó de representar el 40% de la cartelera a apenas un 10%. No es algo accidental: es negocio y te contamos el motivo.

Si alguna vez quisiste ir al cine, buscaste una función subtitulada y solo encontraste opciones dobladas al español, no fue mala suerte sino una política de programación. En los últimos quince años, la cartelera argentina sufrió una transformación radical: las películas en idioma original dejaron de ocupar un lugar central y hoy sobreviven casi exclusivamente en Buenos Aires.

La pregunta que surge es incómoda: ¿nos volvimos reacios a leer o simplemente el mercado entendió que es más rentable que no prestemos tanta atención a la película?

El escritor Alejandro Dolina dijo una vez: “La gente no quiere leer, quiere haber leído”. Esa falta de compromiso con la lectura también parece haberse trasladado al cine, donde el doblaje domina casi por completo las funciones comerciales. Y no se trata de un hecho aislado sino de un síntoma más amplio: el consumo cultural privilegia cada vez más la comodidad.

El negocio detrás del doblaje

Para entender el asunto hay que profundizar en el negocio moderno del cine. La película ya no es el producto principal sino el gancho. La verdadera ganancia, en realidad, se obtiene del candy bar, las gaseosas y el balde gigante de pochoclos.

Todo responde a una lógica de mercado y las estadísticas lo confirman: las películas dobladas suelen vender más entradas. Entonces se genera un círculo que se retroalimenta; el público se acostumbra a esa oferta y la demanda de funciones subtituladas entra en declive.

En 2019, ocho de las diez películas más taquilleras del mundo estaban dirigidas al público infantil y juvenil, como Frozen II, El Rey León o Spiderman. Al querer llegar a un rango cada vez más amplio de consumidores, el doblaje termina consolidándose como la opción predominante. Y esto no ocurre solo en Argentina: el 60% de los latinoamericanos prefieren activamente el contenido doblado en el cine y, en géneros como acción y animación, la cifra supera el 75%.

Entonces el subtítulo deja de ser simplemente una preferencia. Para la mayoría del público, leer mientras se mira una película representa una barrera real de acceso.

Lo que se pierde cuando desaparece el idioma original

Sin embargo, no siempre fue así. Durante las décadas del 30 y 40 fueron los propios espectadores argentinos quienes rechazaron el doblaje: preferían escuchar las voces originales y reclamaban una experiencia cinematográfica de mayor calidad.

Y es que el cine es, también, una experiencia de escucha: la respiración de los actores, la cadencia de una frase, un acento, una duda en la voz. Cuando una película está doblada, lo que realmente escuchamos es una actuación ajena y montada por encima de la original.

Defender el cine subtitulado no es de snob ni de exquisito. Es la posibilidad de ver una película en su versión más honesta y de apreciar el trabajo real del actor.

En Buenos Aires se concentra el 90% del consumo de cine subtitulado. El mercado entiende que ahí existe un público que todavía exige el idioma original y por eso sobreviven varias salas comerciales e independientes que mantienen esa oferta.

En el interior del país la situación es distinta. En Mendoza, con suerte, encontrás una función subtitulada tarde, un día de semana y en una sola sala comercial. No significa, necesariamente, que el público mendocino no se interese por ver películas en su idioma original; el problema es que el mercado asume que no vale la pena proyectarlas en los horarios más convocantes.

Así, quienes todavía preferimos ver películas en su idioma original solemos apurarnos para acudir a esas pocas funciones (generalmente, los primeros días de estreno) que quizás no sobrevivan más de una semana. O, directamente, esperando a verla en casa.

El debate de fondo no es si el doblaje es bueno o malo. Es si queremos seguir teniendo la posibilidad de elegir. Una cartelera diversa debería poder convivir con ambas opciones: la que facilita el acceso masivo y la que preserva la integridad original de la obra. El hecho de que esa convivencia se haya vuelto casi imposible fuera de Buenos Aires también dice algo sobre cómo pensamos la cultura en este país: centralizada y optimizada para el consumo masivo.

Podemos elegir entre butaca simple o butaca confort, combo chico o grande, película en 2D o 3D. Pero decidir cómo oír y sentir una película, en cambio, ya es pedir demasiado. Al final, ganó el combo de pochoclos. Y encima está carísimo.

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