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Praga: el sabor del mar, a la mendocina

Hace casi treinta años, una familia decidió demostrar que comer mariscos en Mendoza no tenía por qué ser un lujo. La historia de este restaurante, un clásico digno de descubrir.

Afuera nevaba. Las calles de la Quinta estaban casi vacías y el frío proponía más quedarse en casa que salir a cenar. Sin embargo, apenas cruzamos la puerta de Praga, la sensación cambió por completo. La luz tenue, el fuego encendido en la chimenea, una música cálida y las mesas redondas ya ocupadas por otros evocaban un ambiente familiar. 

Resulta difícil creer que uno de los restaurantes de mariscos con más trayectoria de Mendoza siga cargando con el mismo prejuicio desde hace casi tres décadas: que comer pescado es caro, que los frutos de mar son solo para ocasiones especiales o que, simplemente, no vale la pena buscarlos en una provincia sin costa.

Praga nació, justamente, para discutir esa idea.

Del corazón de Europa al «puerto de Mendoza»

Hace casi treinta años, Eduardo Ávila encaró un proyecto que poco se parecía al restaurante que conocemos hoy. Praga nació en 1996 como una cervecería inspirada en Europa, con etiquetas internacionales y platos típicos alemanes. El nombre también respondía a esa primera identidad.

Pero había un hecho que terminaría cambiando el rumbo del lugar. Toda la familia había vivido en España. Allí descubrieron otra forma de sentarse a la mesa: los pescados y los mariscos no aparecían únicamente en celebraciones; eran parte de la cocina cotidiana, de las sobremesas largas, de los almuerzos de cualquier día.

Con el paso del tiempo, aquella costumbre cruzó el océano y encontró su lugar en Mendoza. Las cervezas fueron perdiendo protagonismo y la cocina empezó a mirar cada vez más hacia el mar. Así nació el concepto que todavía hoy acompaña al restaurante: «El puerto de Mendoza».

Una casa donde todo cuenta una historia

Hay algo que explica por qué Praga sigue funcionando después de treinta años, y probablemente no esté escrito en la carta.

Eduardo ya no recorre el salón como antes, pero sigue siendo quien sale a buscar proveedores y selecciona buena parte de la materia prima que llega a la cocina. Emiliano, su hijo, tomó la posta en la atención y es quien recibe a los clientes cada noche. Detrás de las hornallas está Roberto Díaz, el cocinero del restaurante desde hace 24 años. Y las paredes están cubiertas por las obras de Lucía Arra, artista, compañera de Eduardo y madre de Emiliano, cuyas pinturas hacen a la identidad del lugar y están disponibles para la venta. 

Praga funciona dentro de una antigua casona de la Quinta Sección que conserva el encanto de las casas de otra época. Hay varios salones, una chimenea que en invierno está siempre encendida, muebles y objetos antiguos, un techo corredizo que durante el verano permite cenar bajo las estrellas y una pequeña terraza sobre la calle que mira hacia una plaza de barrio donde los chicos pueden jugar.

Una cocina que deja hablar al producto

Durante toda la noche, Emiliano estuvo atento a cada detalle. Iba y venía entre las mesas con la tranquilidad de quien conoce a buena parte de sus clientes. Alcanzaba un plato, respondía una consulta, saludaba a otra mesa y, cuando finalizamos nuestra cena, nos invitó a recorrer la cava. Entre botellas y anécdotas terminó de aparecer una idea que resume bastante bien la filosofía de Praga: “Tratamos de que el protagonista siempre sea el pescado”.

Y alcanza con que lleguen los primeros platos para entender a qué se refiere. Las gambas al ajillo llegan perfumadas con ajo y aceite de oliva. Los calamaretis fritos encuentran ese equilibrio tan difícil entre una fritura liviana y una textura tierna. Los mejillones a la provenzal, las vieiras a la francesa y los portobellos siguen la misma lógica: una cocina que acompaña al producto en lugar de disfrazarlo.

Las pastas caseras ocupan un lugar protagónico dentro de la carta. Los ravioles negros rellenos de mariscos, los de salmón, los de alcaucil o los de calabaza muestran el mismo cuidado por la materia prima que el resto de la propuesta. Entre los principales aparecen dos clásicos de la casa: la abundante cazuela de mariscos y el congrio con salsa Margarita, ambos reflejan el espíritu del restaurante y se han convertido en favoritos de quienes vuelven una y otra vez.

Para el final, la carta propone un recorrido por clásicos bien ejecutados: crème brûlée, crumble de manzana, panqueques con dulce de leche y un tiramisú reversionado con receta propia que vale la pena probar.

El verdadero desafío nunca fue traer el mar

Quienes asocian los mariscos con una salida costosa probablemente se lleven una sorpresa. Un recorrido por la carta de Praga demuestra que es posible encontrar productos de calidad a precios mucho más accesibles de lo esperado.

En tiempos donde muchos restaurantes parecen competir por quién logra la puesta en escena más espectacular, Praga eligió otro camino. Apostó por construirse paso a paso. Por las conversaciones largas alrededor de una mesa. Por una cocina que no necesita esconder el sabor detrás de artificios. Por una atención cercana, de esas que hacen sentir al cliente más como un invitado que como un comensal.

Tal vez por eso siga ahí, casi treinta años después. Praga es un homenaje al encanto de esos lugares que no necesitan demostrar nada.

Lo podes visitar en calle Julio Leónidas Aguirre 413 de Ciudad, de lunes a sábado a partir de las 20:30h.

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