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El arte de abrir un vino (sin sacacorchos): trucos populares con acento mendocino

Porque siempre hay una botella, pero no siempre hay un abridor. Historia, ingenio y relatos de una práctica que en Mendoza se transmite casi como una tradición oral.

Hay pocas situaciones tan mendocinas como esta: una botella de vino, tu gente reunida y la súbita constatación de que nadie trajo un sacacorchos. 

¿Por qué ocurre tan seguido? Hay dos razones: la primera es que el vino suele estar presente en contextos espontáneos. La segunda es que el sacacorchos es un objeto que rara vez está donde debería. De este hermoso desajuste emerge la creatividad colectiva (y también cierta dosis de urgencia) que da lugar al intercambio de métodos improbables, trucos heredados y anécdotas inolvidables. 

Un recorrido por la historia del corcho y el mundo que orbita a su alrededor –el del vino, el sacacorchos y los sedientos que lo consideran injustamente un villano– nos acercará hasta esos trucos legendarios que, sin muchas pretensiones elegantes, prometen abrir una botella cuando parece imposible.

El objeto en cuestión: breve historia del corcho y el descorche 

El corcho, nacido de la madera del alcornoque, comenzó a popularizarse alrededor del 1700, cuando la botella se impuso como el recipiente predilecto para conservar y transportar vino (te lo contamos hace poco en nuestra oda al pingüino). Su gran ventaja era simple: el corcho asegura la conservación hermética de la bebida, protegiéndola del aire y favoreciendo su envejecimiento –y además, es eco-friendly. 

Pero esa solución trajo consigo un problema nuevo: ¿cómo quitar el corcho sin romperlo? Así nació el sacacorchos, una herramienta inspirada en los instrumentos que se utilizaban para extraer balas de los mosquetes y que fue modernizándose hasta ser lo que conocemos hoy.

Paradójicamente, uno de los elementos más característicos del mundo del vino dio origen a otro que suele pasar desapercibido… hasta que no lo encontramos. Por suerte, la gente siempre suele ingeniárselas para desarrollar soluciones ante situaciones desesperadas.

La tradición oral del descorche

Al igual que todo conocimiento popular, los trucos para destapar un vino han sido adquiridos de experiencias cotidianas y transmitidos de boca en boca. Casi como un saber ancestral, estos métodos caseros sobreviven en los asados familiares, en los viajes improvisados, en las reuniones con amigos y en la memoria de quienes alguna vez tuvieron que enfrentarse a un vino cerrado sin sacacorchos.

Algunos prefieren una llave, otros un tornillo y otros el clásico corcho empujado hacia adentro. Métodos discutibles, por supuesto, pero sin duda ingeniosos. Así como vos conocés algunos, nosotros te compartimos otros.

Los grandes clásicos

La zapatilla

El más legendario de todos. Consiste en introducir la base de la botella dentro de una zapatilla y golpearla suavemente contra una pared hasta que la presión empuje el corcho hacia afuera. Tan famoso como discutido, es el método que más historias y demostraciones genera.

El encendedor

El favorito de quienes confían en la física. La técnica consiste en aplicar calor sobre el cuello de la botella para que la presión interna ayude a expulsar el corcho. Es vistoso, efectivo en ocasiones y una excelente forma de atraer espectadores alrededor de la mesa. Pero ojo: no te vayas a quemar los dedos.

El tornillo

Probablemente el más ingenioso. Con la ayuda de un tornillo y una pinza, tenedor o martillo, se improvisa un sacacorchos casero capaz de rescatar hasta los corchos más obstinados. Altamente recomendado por obreros y personas dedicadas a la construcción. 

La llave

Un clásico transmitido de generación en generación. Se introduce una llave (las malas lenguas aseguran que la del auto es más efectiva) en diagonal dentro del corcho y, con paciencia, se la gira mientras se tira hacia arriba. Requiere algo de práctica, pero tiene una ventaja: casi siempre hay una llave a mano cuando el sacacorchos decidió desaparecer.

Los cubiertos

La lógica es parecida a la del tornillo: se clava un cuchillo en el corcho y se lo gira mientras se tira hacia arriba. En algunas versiones, el tenedor se usa como apoyo o palanca para hacer más fuerza. Tiene una tasa de éxito variable y un nivel de riesgo considerable para los dedos, pero eso nunca impidió que siguiera circulando por las mesas.

El ingenio colectivo

Cuando falta el sacacorchos, no siempre salimos a buscar uno. Alguien propone un método, otro recuerda haber visto uno mejor y un tercero asegura conocer la técnica definitiva. En esos intercambios e improvisaciones hay algo profundamente mendocino: la convicción de que el vino está hecho para compartirse y de que siempre vale la pena encontrar la manera de abrir una botella.

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